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Domingo 31 de Mayo. Homilía de Pentecostés

pentecostes

Clausuramos el tiempo pascual con la gran fiesta del nacimiento y manifestación del Pueblo de Dios. Jesús,desde el Padre, envía a su Iglesia el Espíritu Defensor. Con la garantía de la fuerza del Espíritu los cristianos llegan a la verdad plena, con el entusiasmo producido por los prodigios de Pentecostés la Iglesia se lanza al mundo para dar testimonio gozoso de la Nueva Ley: la del Amor.

Por el acontecimiento que hoy celebramos (primera lectura), Dios lleva a plenitud el Misterio Pascual. Todas las señales extraordinarias que nos describe el vendaval imprevisto, las lenguas de fuego, la valentía de los Apóstoles, el don de lenguas, las ruidosas conversiones,etc, todo ello no fue sino un testimonio del Alma de la Iglesia naciente,de la Iglesia de todos los tiempos,que,así, bajo la acción del Espíritu Santo, sigue haciendo maravillas, conforme al mandamiento y los deseos del Maestro (segunda lectura:1ª Corintios 12,3 al 7 y 12 al 13).

“Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu”

(Gálatas 5,16-25)

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La Solemnidad de Pentecostés

Pentecostés

Realizada la obra que El Padre encomendó a su Hijo en la tierra, envió al Espíritu Santo el día de Pentecostés para que la iglesia se santificara. Ese Espíritu no solo habita en la iglesia sino en los corazones de la feligresía, porque todos somos templos del Espíritu Santo y al ser bautizados, recibimos el don del Espíritu Santo.

La solemnidad de Pentecostés nos recuerda aquel día de gozo en que estaban reunidos los apóstoles, que luego de sentir un ruido, observaron unas lenguas como de fuego que se posaban sobre ellos, correspondiéndole una a cada uno. Llenos todos así del Espíritu Santo y admirados porque cada uno se oía hablar en su lengua nativa, ya era un signo de que esos dones eran para ser utilizados en beneficio de la humanidad.

Es así, como el Espíritu dirige y regala a la iglesia, entendida como comunidad, diversos dones, renovándola constantemente porque el Espíritu Santo quiere que la Iglesia sea participativa, se llene de entusiasmo, orando a través de la alabanza y proclamando su gloria, pues ello, siempre nos causará emoción, sentimiento que anula la maldad y hace renacer la verdad, por cuanto el Espíritu Santo es y será siempre esa fuerza interior y victoriosa que llega de lo alto para apartarnos de falsas libertades que nos hacen su presa constante.

Pentecostés en pocas palabras, fue como la sazón que la iglesia necesitaba para las grandes transformaciones que dan vida al ser humano desde su interior. Cuando busquemos el camino del Señor encontraremos los gozos del Señor, porque será un encuentro de un padre que estrecha y arrulla a su hijo, pero tenemos que dejarnos guiar y conducir por el Espíritu Santo, para crecer en espiritualidad pidiendo que sople sobre nosotros y nos haga hombres nuevos, renovados por las maravillas del Pentecostés.

Por: YARITZA OSORIO YANEZ

Colaboradora, Iglesia Santa Teresita

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