Barquisimeto – Venezuela

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Notas Pastorales: El amor a Dios (Dom 09/05/2010)

Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:

El amor a Dios

“Quien me ama guardará mi palabra”… (Juan 14,23)

Cristo se esmeró en hacer comprender a los seres humanos de su época, que Dios es un Papá y así quiere que lo captemos nosotros, como un papá buenísimo como un papá extraordinario.
Es que es Padre Celestial, es justo, es exigente, es comprensivo, corrige, enseña, en fin, hace de todo, porque de verdad ama a todos sus hijos.
Es más, su Hijo padece injustamente el sufrimiento y la muerte para hacerse solidario con los que padecen dolor, pero también para vencer ese mal desde la Resurrección.
Él sabía que el pecado, como oposición a Dios y a su proyecto de vida, es la raíz de todos los males.
Él quiere que el ser humano desde la fe en él, con su gracia, pueda también resucitar, venciendo la maldad.
Pero lo grandioso es que nuestro Padre Dios, nos ama y nos ha amado desde siempre. Él, primero y plenamente.
Dios nos quiere tanto. Miremos a nuestro alrededor desde el oxigeno hasta el agua, la amistad y las flores, todo ello es manifestación de su amor.
A través de su salvación, manifestando en el evangelio por medio de sus mandatos y valores, desea nuestra verdadera felicidad y realización, tanto en esta vida como en la otra.
Por lo tanto, en la medida en que experimentemos existencialmente ese cariño de Dios, entonces sentiremos también la necesidad de querer con toda el alma, con todo el ser, a ese Padre Dios, con un amor sentido y existencial.
Por ello, Cristo nos invita a realizar esa experiencia, ya que “Quien lo ama, guardará su Palabra” (Juan 14,23)

El hombre, imagen de Dios

“Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación”. En Cristo, “imagen del Dios invisible” (Colosenses 1, 15), el hombre ha sido creado a imagen y semejanza del Creador. En Cristo, redentor y salvador, la imagen divina alterada en el hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y ennoblecida con la gracia de Dios.
La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las personas divinas entre sí (cf Capítulo segundo).
Dotada de un alma “espiritual e inmortal”, la persona humana es la “única criatura en la tierra a la que Dios a amado por sí misma”. Desde su concepción esta destinada a la bienaventuranza eterna.
La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra si perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien.
Mediante su razón, el hombre conoce la voz de Dios que le impulsa “a hacer el bien y a evitar el mal”. Todo hombre debe seguir esta ley que resuena en la conciencia y que se realiza en el amor Dios y del prójimo. El ejercicio de la vida moral proclama la dignidad de la persona humana.
(Catecismo de la Iglesia Católica 1701, 1702, 1703, 1704, 1706)

Estamos contentos porque el amor de la madre es único. Aprendamos a quererlas y a ser agradecidos con ellas. Que la Madre del cielo, las bendiga a todas y una flor y un recuerdo, para las madres que están en la eternidad. Y recordemos que cada día es día de las Madres.

Mons. Antonio José López Castillo
Arzobispo de Barquisimeto

Notas Pastorales: El amor más fuerte (Dom, 02 de mayo de 2010)

Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:

El amor más fuerte

Jesucristo nuestro Divino Maestro, sabía muy bien que las relaciones entre los hombres y los pueblos, se basan muchas veces, en la amenaza, en la fuerza, en una palabra en el miedo, en el rencor y la disuasión.

Todo esto no puede producir sino desconfianza y malestar. Tantas veces se confunde autoridad con mal carácter, o con humillación, también se mal interpreta, seriedad con despotismo.

Pero por otra parte, se cree que el buen trato es debilidad, o que ser bueno es ser tontos.

De allí, que en ninguna de estas actitudes existe amor.

Hemos aprendido a hacernos temer o a tener miedo, nunca a amar.

Pero resulta que el miedo es mal consejero, y sólo retiene o destruye la confianza, pero jamás construye. Crea barreras pero no une.

Es más, el rencor ahoga y envenena a los seres humanos.

El rencor mata la paz. El corroe, porque aniquila desde adentro.

Cuanta sangre ha hecho correr el rencor; desgracias, fracasos, y tragedias, fruto de esas semillas destructivas.

Por eso, es necesario educar en el amor.

Sin embargo el amor, no es cualquier producto, ni cualquier cosa.

Amar de verdad, no es fácil. Pero quien lo logre alcanzar, ha entendido lo que es vivir y qué es el cristianismo.

El amor implica vivir y hacer el bien.

Amar es reconocer que nos equivocamos, y por lo tanto nos impulsa a corregirnos y pedir disculpas.

Amar es ser justos. Amar es buscar y aceptar la verdad, es ser solidarios, saber tratar a los demás.

Amar es ser respetuosos y educados con los seres humanos y con la creación toda.

Amar es buscar soluciones a las dificultades, en vez de irse por la violencia y destrucción.

En fin, amar es reconocer que somos hermanos, hijos de un mismo Padre Dios.

Amar es generar comunicación y confianza, la cual conlleva a trabajar juntos, a mirar con optimismo y amistad la vida toda.

Por eso, Jesús desando lo mejor para todos, muy en profundo nos dice con insistencia: “Aprendan a amarse y vivirán”. Él, hoy nos recuerda sus memorables enseñanzas y la esencia de nuestro cristianismo. “Conocerán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13,35).

Mons. Antonio José López Castillo

Arzobispo de Barquisimeto

Notas Pastorales: Jesús Resucitado, el Gran Pastor (Dom 25 de abril de 2010)

Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:

Jesús Resucitado, el Gran Pastor

Jesús Muerto y Resucitado, es el Gran Pastor, es el Pastor por excelencia. Él cuida, cura y salva a sus ovejas; Él expió en su propio cuerpo, nuestros pecados sobre la Cruz, para que muertos para el pecado, viviéramos para la justicia; con sus heridas fuiste curado. Pues eran como ovejas descarriadas, más ahora han vuelto al Pastor y Guardián de nuestras almas (1Pedro 2, 24-25)

Ese pastor, es el Salvador, ya que su nacimiento en la pequeña Belén, realiza la profecía de Miqueas: “Y tú Belén, pequeña eres entre los clanes de Judá, más de ti, saldrá aquel, que ha de reinar en Israel…” (Miqueas 5,2)

A su vez, su misericordia infinita, manifiesta que Él es el Pastor anhelado por Moisés: Moisés habló al Señor: “Dios y Señor, tú que das la vida a todos los hombres, nombra un jefe que se ponga al frente de tu pueblo y lo guie por todas partes, para que no ande como rebaño sin pastor” (Números 27, 15-17)

Por eso Jesús, viendo a las muchedumbres, se apiadó de ellas, porque estaban cansadas y decaídas como ovejas sin pastor (Mateo 9, 36)

Cristo pues, es el Cordero que conduce a los hombres a la fuente de la verdadera vida: “éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la Sangre del Cordero… Porque el Ángel, que está en medio del trono, será su Pastor y los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida…” (Apocalipsis 7,14ss)

Jesús es el camino, porque conduce a sus ovejas a buenos pastos de Salvación

Confiemos en Cristo Muerto y Resucitado, quien nos conoce y nunca nos defraudará. En él encontraremos la verdadera paz y felicidad que buscamos. Él nos ha salvado

Sigamos sus enseñanzas, porque Él nos dice lleno de bondad: “Yo soy la Puerta, el que entra por mí, se salvará” (Juan 10,9)

EL SEÑOR CONDUCE A SU PUEBLO

La Iglesia, en efecto es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan a las ovejas, sin embargo, es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas”. (Catecismo de la Iglesia Católica 754)

Mons. Antonio José López Castillo

Arzobispo de Barquisimeto

Notas Pastorales: Vamos a pescar (Dom 18-04-2010)

Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:

Vamos a pescar

Jesus con los pescadores

Luego del acontecimiento del Gólgota, los Apóstoles abatidos, derrotados, ante la muerte de su Maestro deciden seguir pescando como lo habían hecho anteriormente.
En efecto, Pedro les dice: “Voy a pescar” (Juan 21-3), los otros apóstoles y discípulos deciden acompañarlo, para así olvidar su fracaso, y poder seguir viviendo.
Se suben a la vieja barca, cargada de esfuerzo y sin sabores. Pero salen a pescar tristes, pesimistas, sin confianza en sí mismo, y mucho menos en Dios.
Por supuesto, que desencantados y grises, esa noche no pescaron nada; su fracaso se les creció.
Si nuestro pensamiento es negativo, si todo lo vemos mal es imposible triunfar.
En la vida diaria, cuantas veces vivimos sin ilusiones, sin disfrutar de cada instante y sin valorar la inmensidad de aspectos positivos que poseemos. Nos quedamos muchas veces en el pozo ahogados. Cuando nos llenamos de frustración y pesar se nos hace imposible constituir un mundo feliz.
Pero al amanecer, Jesús sin ser reconocido les pregunta si han pescado algo; ante la negativa de ellos, les dice: “Echen la red al lado derecho de la barca y encontrarán peces…” (Juan 21-6). Ellos así lo hacen recuperando parte de su confianza y efectivamente recogen tal cantidad de peces que apenas si podía levantar la red. Inmediatamente se dan cuenta que es Cristo Resucitado quien los ha guiado, y su gozo se hace infinito, vuelve a sus vidas la esperanza.
Los apóstoles supieron confiar en su Divino Maestro y en sí mismo. A partir de aquella pesca entendieron que eran triunfadores.
En la vida, también nosotros debemos llenarnos de fe y esperanza en Dios, nuestro Padre, quien nunca nos abandona y afianzados en Él, saber confiar en nosotros mismos para estar dispuestos a vencer las dificultades y vivir siempre como seres exitosos, números uno, repletos de optimismos ante la vida y con ganas inmensas de vivir resucitados en los valores humanos y en los valores cristianos.

Siempre tenemos derecho a la esperanza, ella es invencible.
Si podemos y debemos, con decisión y coraje, construir una auténtica democracia.
Amemos a esta Patria, y con obras, porque ella siempre será esperanza para sus hijos.


Mons. Antonio José López Castillo
Arzobispo de Barquisimeto.

Notas Pastorales: Paz a Todos (Dom 11-04-2010)


Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:

Paz a Todos

La paz esté con ustedes, es el saludo de Jesús Resucitado.
El ser humano desde lo más recóndito del ser, ansía la paz. Porque existen muchas guerras, guerrilla Latinoamericana, delincuencia, asaltos y muertes.
La paz dice relación a sentirse educados, tranquilos, solidarios sin sobresaltos, sin angustias, sin afanes.
La paz, también conlleva necesariamente a la seguridad. La verdadera paz lleva al amor. Ella introduce en la concordia de la verdadera fraternidad.
La paz implica aceptación de la vida, para la búsqueda de la salud, o sea, sentirse bien física y psicológicamente.
Paz es, hacer el bien: ya que no puede haber paz para los malvados (Isaías 48,22); en cambio los sencillos y llanos de corazón tendrán la verdadera paz, en efecto: “sólo un momento y ya no está el impío, si buscas donde estaba ya no lo encontrarás. Los humildes heredaran la tierra y será grande su prosperidad” (Salmo 37,10-11)
Dios, es quien da la verdadera paz al ser humano. Ahora bien, el hombre obtiene esa paz por una oración, confiada, sincera, humilde y permanente. Pero además por una senda de justicia, cónsona con ese Dios.
El Señor nos quiere cumplidores del deber. Sumamente responsables.
Tratemos de ser educados y amables los unos con los otros, eso es paz.
La paz, debemos conquistarla cada día en la vida ordinaria, a través de un comportamiento lleno de amor, confiando en Dios, y de auténtica fraternidad y solidaridad social.
Por ello, Cristo Resucitado nos sigue diciendo: “Paz a todos ustedes”

Mons. Antonio José López Castillo
Arzobispo de Barquisimeto.

Notas Pastorales: Ha Resucitado, ¡Aleluya, Aleluya!


Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:

Ha Resucitado, ¡Aleluya, Aleluya!

Jesús ResurrecciónJesús sabe que el gran misterio de la Resurrección será manifestado en Él, ya que tiene el dominio sobre la vida y la muerte. En efecto, muestra ese poder devolviendo la vida a diversos difuntos tales como la hija de Jairo (Marcos 5,21), el hijo de la viuda de Naim (Lucas 7,11-17), su amigo Lázaro (Juan 11). Estas resurrecciones anuncian de alguna forma su propia resurrección.

Es más, Él mismo hace predicciones muy claras al respecto, veamos:

“Seguidamente comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los pontífices y los escribas, ser muerto y resucitado al tercer día” (Marcos 8,31).

“De la misma manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo, así estará el Hijo del Hombre, tres días y tres noches en el corazón de la tierra”. “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré… más Él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron sus discípulos que ya lo había dicho…” (Juan 2,19).

Pero este anuncio de su resurrección, se hace incomprensible a los mismos apóstoles “Ellos guardaron el secreto preguntándose entre sí, qué entendería por resucitar de entre los muertos” (Mc 9,10), ese será el pretexto usado por los enemigos del Señor, para ponerle soldados en su sepulcro; en efecto dicen a Pilatos:

“Nos hemos acordado que ese seductor dijo cuando vivía, a los tres días resucitaré. Manda pues a custodiar el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan los discípulos, lo roben y digan al pueblo: ha resucitado de entre los muertos, y el último engaño sea peor que el primero” (Mateo 27, 63ss).

Los doce apóstoles, pues no habían entendido que el anuncio de la resurrección, se refería en primer plano a Jesús mismo (Juan 20,9).

Por eso su muerte y sepultura los había desconcertado, así pues… y les reprendió su incredulidad y dureza de corazón, por que no habían creído a los que le habían visto Resucitado de entre los muertos. (Marcos 16-14).

Para convencerlos se requiere, nada menos que de la propia experiencia pascual. Así las apariciones del Resucitado durante cuarenta días, tienden a reafirmar este hecho, los relatos subrayan el carácter concreto de dichas manifestaciones; el que aparece es con toda certeza Jesús de Nazaret; los Apóstoles no solo lo ven, sino que lo palpan, lo tocan, es lo que expresa la Escritura, cuando dice: “estaban hablando estas cosas, cuando Jesús mismo se presentó en medio de ellos, diciendo: la paz sea con ustedes; aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu, y les dijo: ¿de que se asustan y por que se levantan dudas en sus corazones?. Vean mis manos y mis pies, soy yo mismo, tóquenme y vean que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que tengo yo” (Lucas 24, 36-39).

Los Apóstoles incluso, comen con Él (Lucas 24, 29ss).

No obstante este cuerpo de Jesús resucitado estaba substraído a las condiciones habituales de la vida terrenal.

“Estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los Judíos, llegó Jesús y se puso en medio” (Juan 20,19).

Jesucristo repite los textos que anunció durante su vida pública, lo cual permite reconocerlo (Lucas 24, 30ss). Pero ahora se encuentra en estado de gloria, ha resucitado.

El pueblo a su vez no es testigo de estas apariciones, como si lo fue de la Pasión y de la Muerte. Cristo reserva sus apariciones a testigos escogidos, entre ellos a sus Apóstoles. El momento de la Resurrección es tan importante, que es imposible describirlo; hasta tal punto que San Mateo, lo evoca a través de un lenguaje muy bíblico, tal como: temblor de tierra, claridad deslumbrante, aparición del “Ángel del Señor” (Mateo 28,2ss).

Desde el día de Pentecostés, se convierte la Resurrección, en el centro de la enseñanza y predicación de los Apóstoles. Esa verdad fundamental, se refiere a que Jesús fue crucificado y murió, pero Resucitó, y así en Él nos llega la salvación.

En este sentido Jesús es el Santo, el Nuevo Adán, es la piedra desechada por los constructores (Hechos 2, 29; Corintios 15,27; Hechos 6,11). Jesucristo glorificado, se presenta como la clave de la Escritura, que desde antes se refería a Él (luchas 24, 27, 44ss).

En efecto la Resurrección, al ser la glorificación del Hijo por el Padre, pone el sello de Dios, consumado en la cruz. Por esa Resurrección, Jesús es constituido el Señor, cabeza y salvación (Hechos 5,37). Él es Juez y Señor de los vivos y de los muertos (Hechos 10,42); Él es el Señor de la gloria; Él se crea un pueblo Santo, al que arrastra en pos de si (1Pedro 2, 9ss).

La Resurrección objeto primero de nuestra fe, es la base de nuestra esperanza, Jesús Resucitó como “Primicia de los que duermen” (1Corintios 15,20). Esto nos reafirma en la espera de la Resurrección del último día. Él es en persona “La Resurrección y la Vida, quien cree en Él, aunque halla muerto, vivirá” (Juan 11, 25). Aquí se fundamenta nuestra certeza de participar desde ahora, en el misterio de la Vida nueva, hecha presente en los Sacramentos. Así pues tenemos opción a que todos resucitemos.

La esperanza cristiana implica una restauración integral de la persona, supone al mismo tiempo una total transformación del cuerpo, hecho espiritual, incorruptible e inmortal (1Corintios 15,35ss).

La fe nos compromete socialmente, debemos resucitar a una verdadera democracia, a una vida sin corrupción.

Es necesario cumplir con el deber, ser persona honesta, resucitar al bien. Debemos dejar atrás la muerte del pecado y maldad para resucitar a los valores; morir a la miseria y resucitar a una vida de trabajo y progreso; morir a un clientelismo político y resucitar a la atención de la persona y al desarrollo de las grandes mayorías sociales.

La vida de los cristianos, es en cierta forma una resurrección anticipada, es lo que enseña San Pablo, “si somos sepultados con Él, en el bautismo también hemos resucitado con Él, porque hemos creído en la fuerza de Dios, que lo resucitó de entre los muertos” (Colosenses 2,12).

De tal manera que a todos los cristianos nos dice:

¡Despierta tú que duermes! “Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Efesios 5,14).

Insiste San Pablo:

“Resucitamos con Cristo; busquen las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha de Dios” (Colosenses 3,1lss).

Unámonos a Jesucristo, Resucitemos con Cristo a una vida de oración sincera. Resucitemos con Cristo a una vida de honradez, veracidad y justicia. Resucitemos a la fraternidad y solidaridad humana. Resucitemos a una Nueva Evangelización.

Felices Pascuas de Resurrección.

Mons. Antonio José López Castillo

Arzobispo de Barquisimeto

Notas Pastorales: Domingo de Ramos (Dom, 28/03/2010)

Vivamos la Semana Santa: Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

Semanalmente nos envían por e-mail las notas pastorales de Monseñor Antonio José López Castillo pertenecientes a la Página Arquidiocesana que se publica en el diario El Impulso los domingos. Aquí la correspondiente a esta semana:
Los cristianos celebramos hoy la festividad litúrgica del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor; de esta manera iniciamos en la Iglesia de Catedral a las 8:30 a.m., la liturgia de la Semana Santa que culminará con la Pascua de Cristo. Las palmas dan un carácter festivo a esta celebración, que rememora la entrada de Jesús a Jerusalén, como Rey, montado en un jumento en medio de los cantos de los niños, jóvenes y el pueblo todo. Ellos extienden sus mantos en el camino, al igual que los ramos, que portaban también en sus manos. Había un ambiente de euforia, hasta gritar “¡Viva el Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, viva el Altísimo!” Y cuando muchos otros desconocedores de la situación preguntaban ¿quién es este? La gente que acompañaba al Señor le respondía: “Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea”.

Antes de su pasión, Jesús quiere proyectar sobre Jerusalén el anuncio consolador acerca de su victoria sobre el dolor y la muerte misma. Por ello, es muy importante revestirse en esa liturgia de los sentimientos de Cristo, unirnos a su Vida, a su Pasión, Muerte y Resurrección; vivir estas realidades salvíficas desde la fe.

La palma es un Sacramental que nos vincula a Cristo en ese seguimiento personal y comunitario que pasa cada día por la cruz, y debe terminar en la resurrección, como amistad gozosa y permanente con Dios.

La palma bendita no puede ser un objeto mágico que al obtener y tocarla, no hace falta nada más; no debe entenderse así, por el contrario, esa palma bendita es un Sacramental que nos invita cada día a conocer a Jesucristo, a estudiar mejor nuestro catecismo, a ahondar en nuestra doctrina católica; ese ramo bendito es el llamado a orar, a hablar, profunda y sinceramente con Dios; ese signo sagrado es un llamamiento a participar conscientemente en los Sacramentos, a vivir como Dios manda, a tratar de poner en práctica sus valores como son: la honradez, la responsabilidad, la solidaridad, la justicia y la hermandad.

Jesús asume su función con toda libertad y la llevó con decisión hasta el final; que también nosotros con toda libertad, fervor y respeto, participemos con Cristo, a través de la liturgia, de su historia, de su salvación.

Que podamos con sencillez decir “con mis obras mostraré mi fe”. Iniciemos pues, desde nuestra convicción, el acompañar a Cristo litúrgicamente en su pasión, Muerte y Resurrección, peregrinando con la palma de su victoria y cantando “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

Mons. Antonio José López Castillo

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