Barquisimeto – Venezuela

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19-07-2009 Homilía. Domingo 16° del Tiempo Ordinario – Ciclo “B” –

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Indudablemente que una de las imágenes favoritas de Jesús es la del Buen Pastor, de la cual el Evangelio de este domingo nos da un indicio. Esta imagen está quizá mejor expresada en el Salmo de hoy (Sal. 22), ese Salmo favorito de todos los cristianos, el Salmo del Buen Pastor.

En el Antiguo Testamento también aparece el anuncio del Dios-Pastor, el cual vemos en la Primera Lectura de hoy (Jer. 23, 1-6).

Sabemos que Dios escogió a algunos dentro de su rebaño de ovejas para ser pastores de éstas. Sin embargo, a través del Profeta Jeremías, Dios se muestra muy severo con respecto de los malos pastores, cuya conducta critica agriamente: “Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado. Yo me encargaré de castigar las malas acciones de ustedes”.

Pero Dios no se queda en la censura a los pastores que han descuidado al rebaño, sino que promete El mismo ocuparse de sus ovejas: “Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas … para que crezcan y se multipliquen … Ya no temerán, ni se espantarán y ninguna se perderá”. Sabemos que Dios envió a su propio Hijo para ser ese Dios-Pastor que reuniría a todas las ovejas y las atendería personalmente, defendiéndolas de los peligros y alimentándolas con su Palabra y con su Cuerpo.

“El Señor es mi Pastor, nada me falta”, cantamos en el Salmo del Buen Pastor. Y, efectivamente, con Cristo nada nos falta. Y, aunque pasemos momentos peligrosos y oscuros, nada tememos, porque El va con nosotros y va guiándonos y calmándonos con su cayado.

Jesús es el Buen Pastor. Y ¿cómo cuida de sus ovejas? El Evangelio está lleno de muchas imágenes del Buen Pastor: las atiende, las busca si se pierden, las cura si se enferman, las monta en sus hombros para regresarla al redil, se alegra cuando encuentra a la perdida, etc. etc. (cfr. Mt. 18, 12-14; Lc. 15, 4-7; Jn. 10, 2-16)

Jesús es el Buen Pastor. Y primero cuida del pequeño rebaño escogido por El y más cercano a El. Estos son los Apóstoles, a quienes hace pastores del gran rebaño, de su Iglesia. Por eso, para cuidar a sus Apóstoles cuando éstos regresaron de la primera misión que les encomendó, los invita con El “a un lugar solitario, para que descansen un poco” (Mc. 6, 30-34).

Ahora bien, recordemos que todos somos apóstoles, pues Cristo nos ha encargado de llevar la Palabra de Dios a todos los que deseen recibirla. . Eso es evangelizar. Y también la Iglesia nos está llamando a evangelizar.

Debemos, entonces, preguntarnos qué nos indica esta atención del Señor para con sus Apóstoles. ¿Qué significará esa atención para nosotros los evangelizadores de hoy? Lugares solitarios y de descanso son todos aquellos momentos en que el Señor nos llama a orar, es decir, a estarnos con El a solas para descansar en El y para dejarnos instruir por El.

En efecto, no puede haber verdadero apostolado sin esos momentos de intimidad con Jesús, en los que renovamos no sólo nuestras fuerzas físicas, sino principalmente las espirituales. No puede haber verdadero apostolado y efectiva evangelización sin esos momentos de silencio en los que profundizamos la Palabra de Dios, para irla internalizando y haciéndola vida en nosotros, de manera de poder comunicarla a los que deseen escuchar.

Jesús es el Buen Pastor. Como tal, además de cuidar y entrenar a los pastores de sus ovejas, también se ocupa directamente de sus ovejas. Nos dice el Evangelio que, a pesar de que en este pasaje Jesús trató de irse en una barca a un lugar solitario con sus Apóstoles, la gente los siguió por tierra corriendo y llegaron primero que ellos al sitio. Y Jesús viendo “una numerosa multitud que lo estaba esperando, se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente”.

Dejémonos enseñar por el Señor, buscando esos momentos de soledad en los que El nos explica su Palabra, para poder entonces comunicarla a los demás.

Jesús es el Buen Pastor. Y El no sólo cuida de las ovejas cercanas, las que pertenecían al pueblo escogido por Dios desde antiguo, sino que también buscó a las lejanas, a las que no pertenecían al pueblo de Israel, e hizo de todas ovejas suyas, y formó un solo rebaño.

Jesús es el Buen Pastor. Y, además de unir a sus ovejas en un solo rebaño, también da la vida por ellas. Y, según nos dice San Pablo (Ef. 2, 13-18) precisamente formó un solo rebaño muriendo por todas sus ovejas. “El hizo de los judíos y de los no judíos un solo pueblo; El destruyó en su propio cuerpo la barrera que los separaba … y los hizo un solo cuerpo con Dios, por medio de la cruz”.

El Salmo de hoy es uno de los Salmos favoritos de los cristianos. Es el Salmo del Pastor, el Salmo 22, el cual abunda en más detalles sobre el Buen Pastor y nosotros, sus ovejas.

Hemos dicho que la oveja confía plenamente en su pastor. Por eso, aunque pasemos “por cañadas oscuras” (aunque pasemos por dificultades) “nada tememos, porque nuestro Pastor va con nosotros; su vara y su cayado nos dan seguridad. El nos hace reposar en verdes praderas y nos conduce hacia fuentes tranquilas para reponernos nuestras fuerzas”.

Por todo esto, hemos repetido en el Salmo y podemos repetirlo a lo largo del día como una oración muy útil a nuestra vida espiritual la primera frase de este Salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta.”

Más sobre nosotros como las ovejas del Buen pastor:

Pero cabe preguntarnos: ¿Por qué se nos compara a los seres humanos con las ovejas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento?

Ciertamente, la oveja era un animal que abundaba en toda la zona habitada por el pueblo hebreo. De hecho, muchos de los hebreos eran pastores. Pero hemos de suponer que también habría otros animales domésticos con los cuales compararnos, como -por ejemplo- el perro o el gato, o algunos animales de carga, como el burro o el camello; también habrían aves de muchas clases … Entonces cabe preguntarnos: ¿por qué se insiste tanto en compararnos con la oveja? Se ve esto mucho en los Salmos, y en el Evangelio Jesucristo lo hace con comparaciones realmente conmovedoras.

Sin embargo, para muchos el comportamiento de la oveja puede resultarnos prácticamente desconocido. Puede ser que hayamos podido ver algo sobre esto en alguna película o en la televisión …

Resulta interesante, entonces, adentrarse en ciertos detalles sobre este dulce animal, para ver cuánto nos quiere decir el Señor al compararnos una y otra vez con las ovejas y al definirse El como el “Buen Pastor”.

La oveja es un animal frágil. Se ve ¡tan gordita!, pero al esquilarla, es decir, al quitarle la lana, queda delgadita y se le nota entonces toda su fragilidad.

Es, además, un animal dependiente, no se vale por sí sola: depende totalmente de su pastor.
Por cierto, no de cualquier pastor, sino de “su” pastor.

Es tan incapaz, que con sus débiles y poco flexibles patitas, no puede siquiera treparse al pastor y necesita que éste la suba. No así un perro … o un gato.

Si se queda ensartada en una cerca o en una zarza, no puede salirse por sí sola: necesita que el pastor la rescate.

Otro detalle importante es que la oveja anda en rebaño, no puede andar sola. De allí la comparación del Señor al sentir compasión por el pueblo que lo buscaba: “andaban como ovejas sin pastor”.

Si llegara a quedarse sola, la oveja no es capaz de defenderse: es fácil presa del lobo o de otros animales feroces.

Su dependencia del pastor la hace ser muy obediente y muy atenta a la voz y a la dirección de “su” pastor. No obedece la voz de cualquier pastor, sino que atiende sólo a la del suyo.

El pastor lleva a veces a pastar a sus ovejas guiándolas con una vara alta, llamada cayado, y a veces las reune en un espacio cercado, llamado redil o aprisco.

Entonces … ¿qué nos quiere decir el Señor al compararnos con las ovejas? … Y ¿qué nos quiere decir al definirse El como el “Buen Pastor”? El Señor nos dice que El es el mejor de los pastores, pues El da la vida -como de hecho la dio- por sus ovejas. Y sus ovejas lo conocen y escuchan su voz. Nos dice también que El conoce a cada una de sus ovejas por su nombre, y las ovejas reconocen su voz (cfr. Jn. 10, 1-10).

Nosotros somos -de acuerdo a lo que nos dice la Palabra de Dios- ovejas del Señor. Quiere decir que somos también frágiles, aunque la mayoría de las veces nos creemos muy fuertes y muy capaces. Somos, por lo tanto, dependientes del Señor y, tal como las ovejas, tampoco nos valemos por nosotros mismos.

Sin embargo, engañados, podemos pasarnos gran parte de nuestra vida y aún, toda nuestra vida, tratando de ser independientes de Dios, tratando de valernos por nosotros mismos. ¿Cuántas veces no nos sucede esto?

Y nos sucede también que nos enredamos en nuestra vida espiritual. Y ¿quién puede desenredarnos? ¿Quién puede sacarnos de la zarza o de la cerca en que estamos atrapados? Bien lo sabemos: necesitamos de nuestro Pastor. Y El nos busca, nos rescata, nos cura, y nos coloca sobre su hombro, igual que a la oveja perdida, para llevarnos al redil.

De sus 100 ovejas deja a las 99 ovejas seguras en el aprisco y sale a buscar a la perdida. ¿Cuántas veces no ha hecho esto el Señor con nosotros -con cada uno de nosotros- cada vez que nos escapamos del redil o que nos desviamos del camino. (Lc. 15, 4).

No podemos, tampoco, andar solos, “como ovejas descarriadas”, tal como lo dice San Pedro (1 Pe. 2, 25), pues corremos el riesgo de ser devorados por los lobos que están siempre al acecho. Tenemos, entonces, que reconocernos dependientes -totalmente dependientes de Dios- como son las ovejas de su pastor. Así, como ellas, podemos ser totalmente obedientes a la Voz y a la Voluntad de nuestro Pastor, Jesucristo, el Buen Pastor.

Por otro lado, no debemos obedecer la voz de los ladrones de ovejas. De éstos también nos habla el Señor en el Evangelio. Son los que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por un lado de la cerca y tratan de engañarnos, simulando ser pastores para llevarse a las ovejas.

Esos falsos pastores son todos los falsos maestros que confunden, pues nos hablan tratando de imitar a nuestro Pastor, con enseñanzas falsas, que parecen verdaderas, para sacarnos del redil, para sacarnos de la Iglesia, para hacernos perder la Fe que nos enseña nuestro Pastor. Son todos los predicadores de errores y herejías modernas, contenidas en ese amasijo de falsedades que es el New Age o Nueva Era.

Bien nos advierte Jesucristo: “El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir … Mis ovejas reconocen mi voz … A un extraño mis ovejas no lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños”.

¡Cuidado con las voces extrañas! ¡Cuidado con confundirlas con la Voz del Buen Pastor! Se parecen … pero no son.

Fuente: http://homilia.org/

Domingo 15° de Tiempo Ordinario

El Señor suscita profetas donde y cuando quiere, se fija en quien quiere y le da una vocación especial: ahí está el humilde campesino convertido en profeta por pura elección de Dios (Amós 7,12-15). La carta a los Efesios, que comenzamos hoy, se prolongará durante seis domingos seguidos. Hoy leemos en ella un himno de acción de gracias al Señor por su plan salvífico. La Humanidad está destinada desde la eternidad en convertirse en los hijos e hijas de Dios por Jesucristo (Efesios 1,3-14).

San Pedro y sus compañeros, humildes pescadores, también fueron elegidos y convertidos en apóstoles por elección gratuita de Jesucristo. Nadie puede arrogarse el título de apóstol si Dios no lo ha elegido. El Señor envío a los suyos a pie, sin víveres ni recursos para que mejor se mostrara la fuerza de la acción divina (Marcos 6,7-13). La Iglesia de todos los tiempos debe examinar si pone su seguridad y eficacia apostólica en los medios materiales o en la acción divina del Espíritu Santo.

Homilía: Domingo 13° de Tiempo Ordinario

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Jesuscristo es refugio y remedio universal para todas las enfermedades y para todas nuestras necesidades. El Padre lo envió al mundo para salvación espiritual de todos. Y pasó por el mundo haciendo el bien a unos y otros como venos hoy (Marcos 5,21-43). Como la mujer que padecía flujo de sangre necesitaba sanación y como la hija de Jairo necesitaba vida, también nosotros. Vayamos a la Eucaristía con la fe de aquella mujer que tocó el manto de Jesús. Aprovechémonos de la cercanía del Señor. Sin respetos humanos. Nunca es tarde. Veamos a Jesús curando toda clase de enfermedades en un mundo en que misteriosamente experimentamos la muerte y el mal.

Pero Dios no es un Dios de muertos sino de vivos y no se recrea en la muerte (Sabiduría 1,13 al 15 y 2,23 al 25), Por eso Jesús viene a dar vida, y vida en abundancia. Recibamos su vida y colaboremos con Él en dar vida a los demás. Podemos dar mucho a otros y dar con generosidad. Eso pedía San Pablo a los cristianos de Corinto: 2 Cor 8,7-9 y 13-15.

Homilías: Domingo 6° de Pascua

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Jesús se mostró como amigo de la humanidad y de cada uno de nosotros, sus seguidores. Escuchamos hoy su doctrina sobre este grato fenómeno de la amistad. La persona ha sido formada por Dios para vivir en sociedad familiar y también entre amigos. Necesitamos intercambio de impresiones, proyectos, afectos. No nos conviene guardar en la recámara de nuestro corazón nuestros sentimientos e ideas.

Jesucristo baraja los términos y la realidad de su amor, confianza, cariño, sacrificio por su sus amigos. No nos busca como empleados o criados suyos, sino como amigos (tercera lectura : Juan 15,9-17. Ser tenido por amigo de Cristo-Dios debe ser para cualquiera de

Nosotros la mayor gloria. Para ser amigo n uestro. Dios tuvo que anonadarse hasta ser como uno de nosotros y vivir con todos los riesgos y carencias humanas. Jesús vino a salvar, ser amigo de todos, sin distinción de raza, lengua, mentalidad política, nacionalidad (primera lectura: Hechos 10,25-26,34-35 y 44 -48).

No se puede ser cristiano sin amistad, sin amor (segunda lectura: 1ª Carta de Juan 4,7-10)

Homilía. Domingo 5º de Pascua

pablo

La gracia pascual del Espíritu Santo hizo fecunda a la Iglesia primitiva, lo mismo en conversiones que en nuevos ministerios o servicios, que iban naciendo en su seno a medida que crecía y su actividad se iba haciendo más compleja. De este modo se superó el grupo inicial de los doce apóstoles y de los discípulos directos de Cristo al asociarse primero un grupo de hombres de cultura griega, los llamados siete diáconos y los misioneros como Bernabé y Pablo, que dilataban las fronteras de la Iglesia, iban instituyendo ministros y presbíteros mediante la oración y la imposición de las manos.Toda la jerarquía de la Iglesia viene,pues, de los apóstoles mediante el sacramento del Orden y por aquellos de Cristo.

Junto a los otros apóstoles aparece San Pablo, el perseguidor convertido, predicando con tanto celo a Jesucristo que hubieron de ponerlo a salvo para librarlo de la muerte (primera lectura: Hechos 9,26-31). Jesús se nos presenta como vid de la que hemos de ser sarmientos vivos si queremos vivir, dar fruto y no acabar en el fracaso (Juan 15,1-8). Queda encarecido el mutuo amor que debemos profesarnos los cristianos como hijos que somos de Dios (segunda lectura: 1ª Carta de Juan 3,18-24).

Los que siguen a Jesús tienen que dar fruto abundante: amor con obras. La Iglesia primitiva experimentaba con mucho optimismo y paz la fidelidad al mandamiento del Señor.

Homilías: Domingo 26/04/2009. Tercero de Pascua

Incredulidad de Santo Tomás - Caravaggio

Incredulidad de Santo Tomás - Caravaggio

Las Tres Apariciones de Jesús Resucitado

En este tercer domingo las tres apariciones de Jesús resucitado, que se leen en cada uno de los tres ciclos anuales, tienen en común el marco de una comida; no es de extrañar,pues, que Pedro diera testimonio de que “comimos y bebimos con Él” después de que resucitase de entre los muertos. Tanto en el camino de Meaux como en las apariciones del Cenáculo (tercera lectura: Lucas 24,25 al 48), que toca hoy, y en la orilla del mar de Galilea, Jesús habla y parte el pan; de modo que comienza a presidir, como lo hace ahora de modo invisible, la asamblea eclesial.

En estas apariciones se destaca también que la Pasión y la Resurrección ocurrieron conforme a las antiguas Escrituras, que los apóstoles comienzan a comprender como referidas a Cristo; por eso quienes recibimos en don del Espíritu comprendemos que hablan de Cristo y nos ayudan a conocerlo mejor. En los primeros momentos de su predicación, Pedro amonestaba a quienes dieron muerte a Jesús para que se convirtieran (primera lectura: Hechos 3,13 al 19). Conversión a la que también se nos invita a todos nosotros, puesta la confianza en el Señor (segunda lectura: Segunda Carta de Juan 2,1-5)

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